La noticia no es nueva, pero no tuve tiempo de escribir antes sobre ella. Hace unos días se subastó en la casa inglesa Bloomsbury una carta de Albert Einstein en la que escribe sobre religión. Fue escrita en 1954, un año antes de su fallecimiento, y permaneció en una colección privada, desconocida por el resto por más de 50 años.
En la carta se desvelan algunos misterios que habían permanecido siempre ocultos sobre la visión religiosa del físico. Hay fraces del estilo: «La palabra Dios no es para mí más que la expresión y el producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de honorables, pero aun así primitivas leyendas que son, no obstante, bastante infantiles. Ninguna interpretación, no importa cuán sutil sea, puede (para mí) cambiar esto».
Según reporta El Mundo, habla también sobre la visión del pueblo judío, sobre el que escribo: «Como todas las otras religiones es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío al que yo gustosamente pertenezco y con cuya mentalidad guardo una gran afinidad no tiene para mí una calidad diferente a otros pueblos. Hasta donde alcanza mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos».
A pesar de lo que pueda parecer, Einstein no se calificaba de ateo, sino que había alcanzado un grado de religiosidad que quizás excluye a la mayoría de las sectas actuales, como le dijo en 1929 al rabino Herbert S. Goldstein, «[creo] en el Dios de Spinoza, que se revela a sí mismo en la justa armonía del mundo, no en un dios que se preocupa por el destino y las obras de la humanidad».
Ah, la carta fue subastada en 206.000 libras (unos 260.000 euros).
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“Es un varón de mediana edad, blanco, de clase media a media alta, calvo o despeinado, con anteojos gruesos, bata blanca y rasgos de despistado o de un sujeto de mal carácter o de alguien que vive alejado del mundo terrenal.”